T engo veintitrés años y no conozco el mar. He pasado toda mi vida en tres o cuatro ciudades sin importancia, llevado y traído por mis padres hasta que él, a quien no vi morir, me dejó aquí, en México, en donde yo debí estudiar para médico. Hay después en mi existencia la nada interesante laguna del esfuerzo propio íntimo, inseguro. [...] Confieso que tengo más libros que tiempo que dedicar a su lectura, por rápidamente que lea. Pero acaso algún día... y además ¿qué otra cosa podría hacer? Los ejemplares numerados, las ediciones agotadoas, las encuadernaciones cotosas, son para mí un angustioso placer, más duradero que los juegos de azar, a los que no sé por qué les comparo, más agoísta, más perfecto. Ya sé que se trata de un derivación, de una sublimación; pero no me hacen cambiar razones, como la botánica no modifica los bosques. En las crisis de mi coleccionismo ¡con qué placer he localizado las erratas de un librote orgulloso, cómo los he llenado de notas, relacio...
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